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jueves, 2 de mayo de 2013

DÍA -3: LOS SECUESTROS.




       El comienzo de la revolución. Desapariciones misteriosas de policías y un dibujo.


     Estos días han sido primero de crispación creciente, con un murmullo irritante después. Luego, ayer y antes de ayer, un tenso silencio, amaneció en Madrid y parecía que hasta los gatos habían abandonado el barco, conscientes de alguna extraña forma del Tsunami que se les iba a echar encima.


   El caso es que el anillo policial en torno al congreso, perpetuamente instalado allí, ya ni siquiera es – esta tarde – asequible a la vista de cualquier ciudadano. La cabalgata itinerante de estos meses, esa “lecheras” de azul agrupadas que hacían sus líneas fijas y aveces variaban repentinamente el recorrido ante una posible “quedada”, o bien si se convocaba un “escrache”, todo eso, había quedado convertido repentinamente en un núcleo duro y ya enquistado, con su correspondiente flujo sanguíneo. Ahora, la ciudad estaba, y aún me resulta inverosímil al escribirle, tomada por un efectivo del ejército.



     Temprano, esta mañana, saltaron en todos los informativos, primero cómo no en redes sociales, el Twitter reventó como una granada cocida. La noticia era ya a media mañana lo único que había para comer, para respirar, lo único que podía oírse.


    Temprano, esta mañana, un furgón policial torció por una avenida menor y poco transitada y estacionó en doble fila. Bajaron del vehículo, según testigos, algo más de una docena de policías antidisturbios y recorrieron la acera hasta la esquina, donde una pareja de policías controlaba la zona e informaba de posibles movimientos a la central. Los rodearon y ante una negativa espontánea de uno de ellos los redujeron. Uno iba bien, el otro, el protestón, no tanto. Se los llevaron al furgón, lo pusieron en marcha y desaparecieron. Según parece repitieron la operación cuatro veces, formando los vértices de un cuadrado casi perfecto que tiene como centro no el congreso ni Génova ni mucho menos Moncloa o algo así. El centro de ese cuadrado, es lo último que ha llegado desde un informativo, es Sol, la Plaza del Sol. Tres días antes del 15-M, un grupo, haciéndose pasar por un furgón de antidisturbios – si es que no lo son realmente, si es que realmente no son policías que se sublevaron, no se sabe nada – ha reducido y secuestrado a ocho policías nacionales, y no se sabe nada de ellos.




        A las seis estaba convocada una rueda de prensa y los medios, incluyendo muchas televisiones y corresponsales extranjeros, corrieron en una carrera de la milla improvisada, desde la valla de control hasta la sala de prensa. El ministro apareció y empezaron las primeras frases, luego inició un manido discurso de amenaza, apelación a la democracia y mano dura en pro de los derechos constitucionales y la seguridad. De pronto, un asesor se acercó y le sopló en la oreja, como un viejo enamorado que regaña a su pareja, pero no era el caso. El ministro entonces se puso pálido y  carraspeó, sin saber qué decir. 


-        - Lamento tener que interrumpir esta rueda de prensa, señores. Acaban de notificarme que han secuestrado a otros ocho policías.


  Un vocerío se extendió por la sala mientras el ministro desaparecía. Eran las seis, y no lo sabíamos nadie aún, pero retenes policiales por millares venían desde distintos puntos en dirección a Madrid. No lo sabíamos nadie, pero como una respuesta a esa demostración de fuerza, a las ocho desaparecieron otros ocho policías.




  Ya de noche por las redes sociales se había extendido la información de que los ocho policías de la tarde formaban un cuadrado menor, circunscribiendo la plaza del Sol. Y los ocho secuestrados después (y ya iban 24, 24 policías secuestrados),  formaban un punto en cada una de las carreteras principales de acceso a Madrid. El dibujo final eran cuatro puntos rojos en los accesos a Madrid, y luego, dos cuadrados concéntricos con la plaza de Sol. No hizo falta más.

Pero, ¿qué había pasado? ¿dónde estaban esos policías? ¿quién los había secuestrado?

Primero se barajó que era una revuelta dentro de la misma policía, y cundió el pánico. De ahí la intervención del ejército. Luego aparecieron todo tipo de posibilidades: grupos armados aislados, tal vez el GRAPO, tal vez un grupo organizado antisistema...


Y luego amaneció, y explotó como una bomba la noticia de que a su habitual puesto de trabajo, a su comisaría, a su furgón, no habían acudido unos 300 policías. 
El impacto de la noticia era brutal, parecía que con cada nuevo golpe se aceleraba el corazón de toda la ciudad, oscilando entre el miedo, la expectación y el pálpito de que algo estaba pasando.

Luego empezaron a llover las noticias. Los policías que no habían acudido aquella mañana estaban casi todos en sus casas, retenidos contra su voluntad algunos, otros - los menos - convencidos por sus hijos o sus mujeres. Las detenciones se fueron sucediendo y a media mañana del día siguiente había como unos cuatrocientos detenidos, todos hijos, mujeres y familiares de los propios secuestrados sin excepción. El estado tuvo que presentar las denuncias porque los policías no querían hacerlo. Y estos, a su vez, para dar ejemplo, fueron expedientados todos.

 

Claro que a media mañana todo aquello, por muy increíble que pueda parecer así, al contarlo, había pasado a un segundo plano. Los acontecimientos seguía su curso, y todo empezaba a desplomarse.     

 
 (CONTINUARÁ)

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